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009: Fuera del Laboratorio

by en julio 26, 2011

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“Cuando están fuera del laboratorio, los científicos no son más sabios que los demás.” Algunas veces este refrán lo dicen los científicos, humilde y tristemente, para recordarse a si mismos su propia falibilidad. Otras veces, el refrán es dicho por otras razones menos dignas de elogio, para devaluar consejos indeseados de expertos. ¿Es cierto el refrán?   Probablemente no en un sentido absoluto. Sería demasiado pesimista decir que los científicos no son realmente más sabios que la media, que la correlación entre ambas cosas sea realmente  cero.

Pero el refrán parece ser verdadero hasta cierto punto, y considero que deberíamos estar muy alarmados por este hecho. No deberíamos suspirar y negar tristemente con la cabeza. Más bien, deberíamos levantarnos sobresaltados. ¿Por qué? Bueno, imagínense que un aprendiz de pastor es laboriosamente entrenado para contar ovejas, a medida que entran y salen del redil. Así el pastor sabe cuando han salido todas las ovejas, y cuando han vuelto todas. Entonces le das al pastor unas cuantas manzanas, y le preguntas: “¿Cuántas manzanas hay?” Pero el pastor te mira de forma inexpresiva, porque no le enseñaron a contar manzanas – solo ovejas. Probablemente sospecharías que el pastor no ha entendido muy bien como contar.

Ahora imagínense que un economista con un doctorado comprara un billete de lotería cada semana. Deberíamos preguntarnos: ¿Esta persona entiende realmente el concepto de utilidad esperada, a nivel visceral? O simplemente le han enseñado a hacer algunos trucos algebraicos?

Me recuerda a lo que Richard Feynman contó sobre un programa defectuoso de enseñanza sobre física:

“Los estudiantes habían memorizado todo, pero no sabían qué significaba nada. Cuando escucharon ‘la luz reflejada desde un medio con un índice’, no sabían que se refería a un material como el agua. No sabían que la ‘dirección de la luz’ se refería a la dirección desde la que ves algo cuando lo estas mirando, y así sucesivamente. Todo se memorizaba completamente, pero nada se tradujo a palabras con significado. Así, que si pregunto ‘¿Cuál es el ángulo de Brewster?, acceden al ordenador con las palabras clave adecuadas. ¡Pero si digo, ‘Miren al agua,’ no ocurre nada – no tienen nada bajo el epígrafe ‘Mirar al agua’!”

Imaginen que tenemos a un científico aparentemente competente, que sabe como diseñar un experimento con N sujetos; los N sujetos recibirán un tratamiento aleatorio; jueces ciegos clasificarán los resultados de los sujetos; y entonces pasaremos los resultados a un ordenador para ver si los resultados son significativos al nivel de confianza de 0.05. Esta no es una tradición ritualizada. No es una cuestión arbitraria de etiqueta como cual es el tenedor correcto para la ensalada. Es una tradición ritualizada para comprobar hipótesis experimentalmente. ¿Por qué debes comprobar experimentalmente tus hipótesis? ¿Porque sabes que la revista científica lo exigirá para que tu ensayo sea publicado? ¿Porque te enseñaron a hacerlo así en la universidad? ¿Porque todos los demás dicen al unísono que es importante hacer el experimento, y te mirarán como un bicho raro si dices lo contrario?

No: porque, para poder dibujar un mapa de un territorio, tienes que ir y mirar ese territorio. No es posible crear un mapa preciso de una ciudad mientras estás sentado en tu salón con los ojos cerrados, pensando cosas agradables sobre como te gustaría que fuera la ciudad. Tienes que salir, caminar por la ciudad, y dibujar líneas que se correspondan con lo que ves. Ocurre, en miniatura, cada vez que te miras los zapatos para ver si tienes los cordones están desatados. Los fotones llegan desde el sol, rebotan contra tus cordones, golpean tu retina, son transducidos a frecuencias de impulsos neuronales, y se reconstruyen en tu cortex visual con un patrón de activación que está fuertemente correlacionado con la forma actual de tus cordones. Para conseguir nueva información sobre el territorio, debes interactuar con el territorio. Debe existir un proceso físico y real por el cual el estado de tu cerebro termina correlacionado con el estado del entorno. Los procesos de razonamiento no son mágicos; puedes dar descripciones causales de cómo funcionan. Lo que todo eso implica es que, para averiguar cosas, debes ir a mirar.

Ahora, ¿Qué debemos pensar sobre un científico que parece competente en un laboratorio, pero quien, fuera del laboratorio, cree en un mundo espiritual? Le preguntamos el porqué, y el científico dice algo parecido a  “Bueno, nadie lo sabe realmente, y admito que no tengo pruebas – es una creencia religiosa, no puede ser refutada de una forma o de otra mediante la observación.” No puedo evitar concluir que esa persona no sabe realmente la razón por la que debes ir a mirar las cosas. Pueden haberle enseñado un cierto ritual de experimentación, pero no entienden la razón de ello – que para hacer un mapa del territorio, debes mirarlo – de que para conseguir información sobre el entorno, debes someterte a un proceso causal en el que interactúas con el entorno y terminas correlacionado con el mismo. Esto se aplica tanto al diseño experimental doblemente ciego que recopila información sobre la eficacia de un nuevo aparato médico, como a lo que hacen tus ojos cuando reúnen información sobre tus cordones.

Quizás nuestro científico espiritual dice: “Pero no es una cuestión sobre la que se pueda experimentar. Los espíritus me hablan a mi corazón.” Bueno, si realmente suponemos que los espíritus hablan en cualquier sentido, esta es una interacción causal y cuenta como observación. La teoría de probabilidades sigue siendo aplicable. Si propones que una experiencia personal de “voces espirituales” prueba que los espíritus existen, debes proponer que existe una probabilidad favorable de que los espíritus sean la causa de las “voces espirituales”, que es suficiente para superar la improbabilidad previa que tiene una creencia compleja con muchas partes. Negarse a darse cuenta de que “Los espíritus le hablan a mi corazón” es una instancia de “interacción causal” es análogo a que un estudiante de física no se de cuenta que un “medio con un índice” se refiera a un material como el agua.

Es fácil ser engañados, quizás, por el hecho de que la gente que lleva las batas de laboratorio usa la frase “interacción causal” y que la gente que lleva joyería chillona use la frase “espíritus que hablan”. Los comentaristas llevan ropas distintas que, como todos sabemos, demarcan esferas individuales de existencia – “magisterios separados”, citando la inmortal metedura de pata de Stephen J. Gloud. En realidad, la “interacción causal” es solo una forma elaborada de decir “Algo que hace que otra cosa ocurra”, y a la teoría de probabilidades no le importa que ropas lleves.

En la sociedad moderna prevalece la idea de que las cuestiones espirituales no pueden ser resueltas mediante la lógica o la observación, y por tanto puedes tener las creencias religiosas que quieras. Si un científico cae en esto, y decide vivir su vida fuera del laboratorio de acuerdo a esto, entonces esto, para mi, me dice que solo entienden el principio de experimentación como una convención social. Saben cuando se espera de ellos que hagan experimentos y verificar los resultados buscando relevancia estadística. Pero cuando los colocamos en un contexto en el que lo socialmente convencional es inventarse estrambóticas creencias sin estudiarlas, harán felizmente eso en vez de lo otro.

Se le dice al aprendiz de pastor que si “siete” ovejas salen, y “ocho” ovejas salen, entonces mejor será que vuelvan “quince”. ¿Por qué “quince” en vez de “catorce” o “tres”? Porque de otro modo no cenará esta noche, ¡Ese es el porqué! Por tanto, eso es una clase de entrenamiento profesional, y funciona en cierto modo – pero si la convención social es la única razón por la que siete ovejas mas ocho ovejas son igual a quince ovejas, entonces quizás siete manzanas mas ocho manzanas sean igual a tres manzanas. ¿Quién dice que las reglas no puedan ser diferentes para las manzanas?

Pero si sabes por que las reglas funcionan, puedes ver que la adición es la misma tanto si son ovejas como si son manzanas. Isaac Newton es justamente reverenciado, no por su obsoleta teoría de la gravedad, sino por descubrir que – asombrosa, sorprendentemente – los planetas celestiales, en los gloriosos cielos, obedecían exactamente las mismas reglas que las manzanas que se caen. En el mundo macroscópico – el entorno del ancestral día a día – árboles distintos daban frutas distintas, gentes diferentes seguían costumbres diferentes en épocas diferentes. ¡Un universo genuinamente unificado, con leyes universales fijas, es un concepto altamente contrario a la intuición de los humanos! Son únicamente los científicos los que realmente creen en ello, aunque algunas religiones pueden dorar la bola sobre la “unidad de todas las cosas”

Como dijo Richard Feynman:

“Si observamos un vaso lo suficientemente cerca veremos a todo el universo. Existen cosas de física: el líquido agitado que se evapora dependiendo del viento y el tiempo, los reflejos del cristal, y nuestra imaginación añade los átomos. El cristal es una destilación de de las rocas terrestres, y en su composición podemos ver el secreto de la edad del universo, y de la evolución de las estrellas. ¿Qué extraño despliegue de productos químicos hay en el vino? ¿Cómo llegaron a producirse? Están los fermentos, los enzimas, los substratos, y los productos. En el vino se encuentra la gran generalización: toda la vida es fermentación. Nadie puede descubrir la química del vino sin descubrir, como lo hizo Louis Pasteur, la causa de muchas enfermedades. ¡Que intenso es el clarete, insistiendo sobre su existencia a las consciencias que lo contemplan! ¡Si nuestras pequeñas mentes, por alguna conveniencia, dividieran este vaso de vino, este universo, en partes – física, biología, geología, astronomía, psicología, y así sucesivamente – que recuerden que la Naturaleza no las conoce! Así que reunámoslas de nuevo, sin olvidar en última instancia para que sirve. ¡Que nos dé un último placer más: beberlo y olvidarlo todo!”

Algunas religiones, especialmente las inventadas o reconstituidas después de Isaac Newton, pueden profesar que “todo esta conectado a todo lo demás”. (Ya que existe un isomorfismo trivial entre los grafos y sus complementos, esta profunda sabiduría transmite exactamente la misma información útil que un grafo sin bordes.) Pero cuando llegamos a la misma sustancia de la religión, los profetas y sacerdotes siguen la antigua costumbre humana de inventarse las cosas sobre la marcha. Y crean una regla para las mujeres por debajo de doce años, otra para los hombres por encima de los trece; una regla para el Sabbath y otra regla para los otros días de la semana; una regla para la ciencia y otra para la hechicería…

La realidad, como nos hemos sorprendido averiguar, no es una colección de magisterios separados, sino un único proceso unificado gobernado por reglas a bajo nivel matemáticamente simples. Los distintos edificios de un campus universitario no pertenecen a distintos universos, aunque algunas veces pueda parecerlo. El universo no está dividido entre mente y materia, o vida y no vida; los átomos de nuestra cabeza interactúan sin problemas con los átomos del aire que la rodea. Ni el Teorema de Bayes difiere entre un lugar y otro.

Si, fuera de su campo especializado, algún científico en particular es tan susceptible como cualquiera a ideas estrambóticas, entonces probablemente nunca entiendan por que las reglas científicas funcionan. Quizás puedan repetir algo sobre la falsificación Popperiana; pero no lo entienden a un nivel profundo, el nivel algebraico de la teoría de probabilidad, el nivel casual de conocimiento-como-mecanismo. Les han entrenado para que se comporten de cierta forma en el laboratorio, pero no les gusta estar restringidos por las pruebas; cuando vuelven a casa, se quitan la bata y se relajan con cómodas tonterías. Y si, eso me hace preguntar si puedo confiar en las opiniones del científico incluso en su propio campo – especialmente cuando llega a una cuestión controvertida, cualquier pregunta abierta, cualquier cosa que no esté ya establecida mediante grandes pruebas y la convención social.

Quizás podamos vencer al refrán – ser racionales en nuestras vidas personales, y no solo en nuestras vidas profesionales. No deberíamos dejar que un simple refrán nos detenga: “Una frase ingeniosa no demuestra nada” como dijo Voltaire. Quizás podamos hacerlo mejor, si estudiamos la teoría de la probabilidad lo suficiente como para saber por que funcionan las reglas, y la suficiente psicología experimental para saber como se aplican en casos del mundo real – si aprendemos a mirar al agua. Una ambición como esa carece de la cómoda modestia de ser capaces de confesar que, fuera de tu propia especialidad, no eres mejor que nadie más. Pero si nuestras teorías del racionalismo no se generalizan a la vida diaria, estamos haciendo algo mal. Fuera y dentro del laboratorio no hay dos universos distintos.

Addendum:  Si crees que (a) la ciencia es puramente lógica y por tanto contraria a las emociones, o (b) que no deberíamos molestarnos en buscar la verdad en la vida diaria, lea “¿Por que la verdad?”  Para los nuevos lectores, también recomendaría “Veinte Virtudes del Racionalismo.

 

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